Saturday, February 19, 2005

CONFESIONES DE UN PSICOTERAPEUTA

AMOR, PASIÓN Y EMOCIÓN

Os confieso que si tuviera que elegir el poema que, para mi gusto, mejor describe, en toda su hondura, la experiencia de un encuentro de amor psicosexual, elegiría éste de la poetisa catalana Clara Janés: “Desplegó una sábana azul / que abarcaba los ocho cielos / salpicado de oro de los astros / y me envolvió, y a sí mismo, en ella. / Y como el entero firmamento me abrazó. Y se adentró en mi vida / y en aquella noche / la deshojó hasta la tersura del alba. / Con el tacto del más leve pétalo / se dobló su cabeza en mi cuello. / Sus bucles negros / emitían un aroma de abismo”.
Y a propósito del amor como pasión y el amor como emoción he estado rememorando un pensamiento, no sé si de un filósofo actual o de la antigua sabiduría oriental: “Las emociones son el fundamento de la vida; las pasiones son el camino de la muerte”. Yo diría metafóricamente que las pasiones son como el caudal de un río que, si no desemboca y se diluye en el mar de los profundos y serenos sentimientos y emociones, arrastrará a su paso todo lo que se interponga, anegará los cultivos y sólo producirá ruinas y catástrofes. Sucede igual cuando se trata del amor. Porque la pasión de amor, eso que llamamos “enamoramiento”, sólo se justifica si es pasajera, como el río, si va bien encauzada o canalizada, y si confluye en el mar de la emoción o el sentimiento de amor, sereno en sus oleadas, total, permanente y pleno...
La emoción del amor, cuando está impulsada y enriquecida por el impulso erótico-sexual, encuentra su posibilidad de realización en varios planos:
En el plano puramente biológico, donde el deseo es de apareamiento, el que satisface el instinto primario y vegetal de propagación de la vida, el que incita originariamente al ser vivo humano.
En otro plano, de nivel fisio-corporal, se produce esa placentera conmoción nerviosa y muscular, que estimula el corazón, acucia el flujo de la sangre y moviliza todas las células del organismo, con sus tres fases de tensión, de climax y de relajación final, a la que llamamos Placer.
En el siguiente plano, a nivel psicológico, la emoción del amor se sustenta de mutua complacencia, de plena confianza y, sobre todo, de esa experiencia única, verdadera fuente de goce y fruición humanas, que es la experiencia inefable de intimidad. Es el “dos en una carne” de la Biblia, el “quedéme y olvidéme / mi rostro recliné sobre el amado / cesó todo y dejéme / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidadado.” de los versos de amor de San Juan de la Cruz. Como alguien me respondió en un test, “es desear que te toquen la piel y el corazón al mismo tiempo”.
Pero existe, además, un último plano, un espacio del amor a impulsos del deseo erótico-sexual, al que no todos logramos llegar, quizás porque no tenemos las antenas senso-perceptivas madurativamente florecidas y acomodadas, que pertenece al nivel espiritual que puede alcanzar la emoción humana: es la experiencia vivencial, casi visionaria, transpersonal, de unidad, de plenitud, de totalidad, de que somos uno y somos todos, de que somos el vacío y el universo, como el Dios deseante y deseado de J.R.J. Esta emoción inenarrable es quizás en la que culmina el poema de Clara Janés, cuando habla de astros, de cielos, de firmamentos y de abismos, y la que expresa Miguel Hernández en aquellos transcendentales versos de amor a su esposa: “...Besándonos tu y yo se besan nuestros muertos, / se besan los primeros pobladores del mundo...”.

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