Thursday, March 03, 2005

ENAMORAMIENTO Y LIBERTAD




Anoche volví a ver por Canal Digital la película de M. Streep y Robert de Niro "Enamorarse", y me confirmo en la vital necesidad revisar ese concepto confuso y polisémico que expresamos tan frecuentemente con el sintagma verbal “estar enamorado”. ¿Qué es esa experiencia del “enamoramiento”, frente a la del “auténtico amor”?.
No es infrecuente (y así se expresa en la película) que se oiga hablar de esa experiencia mágica del “enamoramiento” como si se tratara algo inevitable, como un anhelo posesivo, obsesionante y acaparador que sobreviene a algunas personas (a todas, alguna vez) casi por sorpresa, o por arte de magia, como una especie de enfermedad irremediable. Se habla del enamoramiento (y la película lo representa) como de una patología psicopática: una pasión que nos arrastra, nos impulsa incoerciblemente a la posesión devoradora de la persona amada, con una fuerza desatada, arrasadora de la voluntad y de la racionalidad, frente a la que no hay nada que hacer, sino dejarse arrastrar por ella...y que justifica, por lo tanto, todos los comportamientos que de esta “enfermedad de amor” derivan. “¿Qué le voy a hacer? si es que me he enamorado”.
Y quizás no saben que, al hablar así, o al interpretar de ese modo su experiencia endovivencial de amor, están haciendo dejación de responsabilidad, están renunciando a lo único que puede justificar un comportamiento, lo único que dignifica a la persona, y que la realiza en autenticidad como persona: que es el uso de su Libertad. El enamoramiento, así entendido, no es libertad: es apego, es arrebato, es pasión. No justifica a la persona, en cuanto persona, ni la realiza como tal. Ser libre es tener la capacidad y la madurez de asumir decisiones responsables para la propia autoconstrucción en solidaridad. . Ser libre es poder realizar los propios deseos, pero dentro de un sistema jerarquizado de valores que nos habita y ennoblece, de manera que el Yo personal asuma su capacidad de elegir y de renunciar: que son dos momentos esenciales de la actuación en libertad. La inmadurez y, en su extremo, el trastorno psicopático, se manifiestan cuando las funciones psíquicas de autorregulación no están suficientemente integradas para controlar y orientar las reacciones instintivas y pasionales.
Ya he hecho referencia en otras ocasiones al mítico auriga de El Carro Alado de Platón, ese auriga, que representa a la razón, y que dirige a su caballo blanco, que son las emociones, y a su caballo negro, que son los instintos y las pasiones, hacía sus propios objetivos existenciales. Y repito ahora que es esta una lúcida imagen filosófica de lo que constituye al ser humano como autónomo, integrado, realizado y libre. La inteligencia como función reguladora de los instintos, las emociones y las pasiones, encaminándolas al objetivo final de toda dinámica humana, que es la Felicidad. Es lo que hoy se entiende por inteligencia emocional, que es la auténtica función conductora y realizadora del enamoramiento y del amor.
Porque es que el Amor, y el proyecto de vivirlo y compartirlo en una situación estable, permanente y fecunda (“el deseo de envejecer juntos”, como lo definió Albert Camus), no puede subsistir sin equilibrio, autocontrol y libertad. Aunque impulsado por la fuerza del instinto y del apasionado anhelo, se ejerce desde la responsabilidad, se fundamenta en los valores que dan sentido a la vida, y es lo único que nos realiza como personas, en Libertad dignificante y en Plenitud existencial. Lo contrario no es más que inmadurez humana o patología psicopática.

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