POESÍA Y TRASCENDENCIA
Os confieso, alentado por las fragancias de la nueva primavera, que la poesía, al igual que cualquier otra manifestación del Arte, nunca me aparta del mundo sino que por ella accedo a la realidad, como a través una senda privilegiada y mágica. El artista, el “poietes”, que dirían los griegos, emprende el camino de lo cotidiano, de lo real, de lo inmediato, para introducirse en la vereda de lo mágico, de lo profundo, de lo deseable, de lo ilusionante, de lo onírico, de lo pleno y lo total. Y es que la poesía tiene su brote de expresión en ese lugar hondísimo, ese “rincón del alma”, que cantó Alberto Cortés, donde todo se hermana y se conjunta en el encuentro primero, original y sorprendido, con la Belleza intacta. Es ese encuentro metafísico, al socaire del tiempo y del espacio, lo que confiere al presente la dimensión de lo permanente, y a lo concreto, dimensionable en el espacio y en el tiempo, la dimensión de lo atemporal y de lo eterno.
El ser humano es, por esencia, un ser metafísico: está abocado a trascender lo físico, lo material, lo perceptible, y a extra-limitarse. Este fenómeno de trascendencia y extra-limitación lo realiza el poeta, el “vate”, el iluminado, el que habla y canta en representación de todos los demás.
La poesía es lenguaje diáfano, palabra justa y ajustada, aunque personal y singular, reveladora de la intimidad única, irrepetible, de quien la emite. Dice Stuart Mill que “el verso es el habla hecha música”. Eso que llamamos el “habla” es el modo personal, particular, único, que singulariza la trasmisión que hace cada persona de la Palabra Universal y Eterna: del “Logos” Total. Pero que el poeta consigue hacerlo música, música con voz propia, representando el sentir de todos los demás seres inteligentes. Y es porque allí, en la poesía, nos reencontramos todos y allí, también, nos reconocemos.
La poesía es palabra inocente, original, primal, descontaminada, desintoxicada y pura. No tiene que estar justificada desde ninguna filosofía, ni desde ninguna ciencia o religión. Es palabra que se enciende y reilumina una experiencia, y la recrea, y vibra, y vuela, y se trasmite, comunica, prende... y enciende sentimientos en esos niveles superiores del psiquismo que llamamos Espíritu.
A veces la poesía se hace denuncia y renuncia, actitud de lealtad a la verdad, para desenmascarar la interpretación oficial que quieran darle a la vida, desde intereses políticos, o económicos, o sociales. También, a veces, la poesía es duda existencial, es vacilación y desgarro. Nos describe, nos desvela o nos revela, en nuestros sentimientos más profundos, el anhelo vital, el naufragio emocional, la fascinación, la decepción, la añoranza, el desencanto, la fugacidad del goce, el embeleso del amor...
Como pensó Kafka, hemos sido arrojados del Paraíso pero seguimos perteneciendo a él... A ese Paraíso de donde los poetas rescataron las voces del viento entre sus árboles, originales y recienflorecidos, como aquel Prometeo mítico que robó el fuego sagrado de los dioses. Es el Paraíso ese espacio de silencio y soledad donde la palabra encuentra su mejor caldo de cultivo, donde se libera de las contaminaciones del uso cotidiano y vulgar, y recupera su aura mágica de inocencia, de profundidad y de trascendencia. “...El olor de una rosa / es en ti el de todas las rosas, / la voz de una mujer, / la voz de todas las mujeres, / el de una luz, el de las luces todas; / palabra, eterno olor, eterna luz, / música eterna!” Así cantó Juan Ramón a la palabra pura, original y trascendente.

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