Saturday, March 05, 2005

SOLEDAD Y DEPRESIÓN



Os confieso haber llegado, por propia experiencia, a la conclusión de que la soledad no es un mal sino un privilegio. La soledad es un mal cuando resulta forzosa por timidez, por marginación, por pobreza de espíritu, por rechazo de los demás...Cuando es soledad del corazón, desierto vital sin amor.
Creo que fue Kierkegard quien dijo que la calidad de una persona se mide por su capacidad de soportar la soledad. ”Los grajos vuelan en manada. Las águilas vuelan solas” son unas palabras, de una película de Visconti, que encierran una metáfora altiva de la soledad, la de las águilas volando, solas, majestuosas, sobre las cumbres...
Algunos confunden soledad con aburrimiento. Al no poder estar con otros, extraverterse, se encogen sobre sí mismos y se “aburren”, como las plantas en un rincón olvidado.
La experiencia de soledad, mal digerida y mal metabolizada, es uno de los componentes, a veces el determinante, de ese síndrome patológico, tan desgraciadamente extendido en nuestra sociedad actual, que se llama Depresión. Todavía antes del 11 S, a diecisiete millones de estadounidenses se les diagnosticaba cada año “depresión clínica”, y veintiocho millones se medicaban con “antidepresivos”. Desde el siglo pasado, he venido oyendo reiteradamente el clamor profético del maestro Erich Fromm: "Los rasgos de carácter engendrados por nuestro sistema socioeconómico, o por nuestra manera de vivir, son patógenos y a la larga enferman al individuo y, por consiguiente, a la sociedad". La depresión emerge como de una llaga putrefacta del sin-sentido de la vida, y pone de manifiesto la urgente necesidad humana de crear actitudes positivas ante la existencia, de adherirse a objetivos seguros, de participar en un orden de valores dinamizantes, de recomponer modelos de identificación personal que alcen el espíritu hacia niveles superiores, de descubrir al interlocutor válido del diálogo y del amor.
La depresión conlleva, como síntoma y contenido emocional, la imposibilidad de mantener la seguridad en una existencia en la que la persona afectada de depresión se siente sola, desamparada, aterrada, incluso a veces inmerecedora de salvación. Vitalidad fagocitada, corazón yerto, amor estancado: así es la depresión.
Pero lo que yo intento hoy clarificar es que la Depresión se nos presenta a veces como una hidria de dos cabezas: una es seductora, te seduce con sus ojos relampagueantes, te tienta a que te eches en sus brazos, con promesas de cuidados, justificaciones y amparos...Pero por la otra cabeza, te engulle, te devora, te aniquila. Saber defenderse de una sin dejarse seducir por la otra, es una tarea de análisis, clarificación, enfrentamiento y superación necesaria para todos, pero imprescindible y urgente para quienes necesitan reavivar la fuerza dinamizadora de la vida y de la esperanza, cuando, en su andadura vital, se encuentran solos y perplejos entre las ruinas de antiguas convicciones, de pérdidas irrecuperables, de ilusiones malogradas... y se sienten existencialmente “Sin camino”, como el título de la impresionante novela de nuestro recordado Castillo Puche.

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