EN NOMBRE DE DIOS
Os confieso que, para mí, la gran lección de estos días de luto y de fervores ha sido el testimonio incontestable de la vigencia del espíritu, más patente y luminoso en cuanto que, por contraste, se protagonizaba en un cuerpo oscurecido, viejo, enfermo, moribundo, cadáver... Y el de tantas personas que buscan, con esperanzada ansiedad, redescubrir la religión como motor de sus vidas, como inspiración y estímulo elevador de sus esfuerzos cotidianos, porque quizás ya no la soportan como un sistema de mandato-sumisión, reducida a un catálogo de normas coercitivas para culpabilizar, atormentar las conciencias y encoger los espíritus.
Es evidente que muchas personas rechazan hoy la religión como dictadura moral, igual que se rechaza la dictadura política, por más que la reconozcan como un componente esencial de nuestra historia y como la fuerza impulsiva de casi todas las grandes realizaciones culturales de nuestra civilización. La evolución del pensamiento religioso-cristiano no alcanza hoy a comprender, ni se permite reconocer a un “dios” que condene implacablemente a sus “hijos” a “penas eternas”, como se pensaba en etapas culturales ya amortizadas; a ese “dios” que, los persigue, los amenaza, los aterroriza, se venga de ellos “de generación en generación”, que los castiga con “plagas” y enfermedades, con desgracias familiares, muertes repentinas, como nos hacían creer y atemorizaban en otros tiempos, y con “un infierno eterno de fuegos inextinguibles”. Un dios identificado históricamente con el poder, con la fuerza, con las soberanías de los privilegiados; que corona a los príncipes, bendice las guerras, justifica las torturas “si son contra los impíos”; que hace inflexible a las madres frente a los “pecados carnales” de sus hijos, “preferirían verlos muertos”....
Nada de esto, en lo que se ha apacentado durante tanto tiempo la interpretación “religiosa” de la existencia, tiene que ver, a los ojos de hoy, con el auténtico testimonio de ese Jesús de Nazaret que nos subyugó desde niños, sino que son reminiscencias infiltradas de religiones paganas que, en algunos momentos de nuestra historia, cuando la religión era Poder, o aliada al Poder, empañaron el cristal transparente de su “Buena Nueva”. Ni ya resulta admisible para muchas personas que nadie, como representante iluminado de presuntas divinidades, maneje sus vidas, ni las limite en su expansión natural, ni las amenace con dogmas, anatemas o prodigiosas revelaciones, ni las desplace de su realización natural en cada presente con el soborno de futuros premios o de horrorosos castigos extraterrenales...
Una de las tareas imprescindibles para propiciar nuestro progreso mental y humano es la de reconstruir nuestra vida “desde dentro”, reorganizar nuestro universo mental y reseleccionar, de entre la amalgama de nuestros pensamientos, atávicos y actuales, los que puedan considerase puros, originales y auténticos, y desechar definitivamente los espurios, inducidos, programados y manipulados desde ajenos intereses. Y ojalá que el recuerdo del paso blanco por nuestra vida del Papa Juan Pablo, símbolo admirable de la fuerza renovadora de la vida y de la esperanza, nos aliente a rebuscar de entre los restos de algunos de estos edificios culturales, que ya no se sostienen con los fuertes vientos y los recios aguaceros de nuestra época, la vigencia del espíritu, el significado profundo y verdadero de “el nombre de DIOS”, que aporte a nuestra vida sentido y sensibilidad, profundidad y trascendencia, y despliegue ante nuestra ansiosa mirada un horizonte renovado de esclarecidas esperanzas...

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