Os confieso tener experimentado que los demoledores sufrimientos psíquicos (la angustia vital, la depresión aciaga) son como un “invento” de esto que llamamos “nuestra civilización” o nuestra “cultura” (caldo de cultivo en el que desenvolvemos nuestras vidas) utilizados en su propio beneficio por el Poder, sea el poder económico, o político, o social, o familiar... para el sometimiento, la opresión y la manipulación interesada de los seres humanos.
Sin embargo, los sufrimientos auténticos, los básicos y naturales son muy pocos y todos tienen su utilidad. La rabia, la frustración, el miedo, la ansiedad, el duelo, la pena (que es siempre por la pérdida del Paraíso arquetípico)...sirven para regular el organismo, adaptativamente, frente a las situaciones cambiantes y de posibilidades restringidas (siempre inferiores a la ilimitación de nuestro humano e insaciable deseo) en nuestra lucha por la supervivencia o en nuestra autorrealización en la existencia. De alguna manera nos van dando oportunamente la medida, positiva o negativa, de nuestros actos y de nuestros posicionamientos existenciales, y nos orientan adecuadamente en nuestro caminar.
Los sentimientos, o “sufrimientos” manipulados son, por ejemplo, la vergüenza de sí mismo, la culpabilidad, el terror, el odio fanático, la vana ilusión del triunfo sin esfuerzo, la angustia, la inseguridad existencial, el autoaniquilamiento depresivo...Y es urgente y necesario desarraigarlos como la hierba perniciosa del campo verde de nuestros pensamientos fecundos. Dijo un sabio, al final de su vida: Yo no he podido evitar, durante mi larga vida, que los pájaros negros crucen el cielo sobre mi cabeza. Pero he procurado siempre que no hagan su nido dentro de ella”.
Me he venido haciendo estas reflexiones, conmovido, como tantos con-ciudadanos del mundo entero, frente al doloroso proceso de extinción de la luz, del anochecer lento en la vida, permanentemente iluminada, iluminadora, de nuestro Papa Juan Pablo. Y, al mismo tiempo, me he venido sintiendo enardecido y reconfortado por el testimonio de la fuerza interior de un organismo gastado, alentado por el vigor del espíritu y por el poder irradiante del símbolo, entre las patentes ruinas de su blanco edificio corporal.
Y he recordado que, en mi primer viaje fuera de España, allá por el indeleble mayo del 68, visité en la Alsacia un pueblo que había sido derruido hasta sus cimientos en la segunda guerra mundial. Ya reconstruido, quedó, como monumento para el recuerdo y la esperanza, los restos de un muro antiguo sobre el que se había esculpido un nido, con su cigüeña levantando el vuelo. Me explicaron que sobre ese resto de muro, lo único que había quedado en pie después del bombardeo, una cigüeña, al amanecer del día siguiente, había construido su nido...
Es símbolo admirable de la fuerza renovadora de la vida y de la esperanza, que ahora me lo rememora el vigor espiritual del Papa, en el ocaso de su luminosa vida, y que ojalá nos aliente a levantar un vuelo gozoso, hacia el encuentro con nosotros mismos, y con nuestra propia realidad trascendente, y a que descubramos el significado profundo que le otorgue plenitud y sentido a nuestra desconcertante existencia.

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