SALIR DEL ARMARIO...Y CASARSE Os confieso que me resulta ya obsoleto y trasnochado el famoso tema del “armario”, proclamado triunfalmente en la prensa y en las cadenas de TV, a propósito, por ejemplo, de un cineasta que “se confiesa” en plena campaña de promoción de su película. A mí de un cineasta me interesa el producto de su creatividad y las emociones, reflexiones, experiencias y deleites sensoriales que logre suscitar. Pero, así como reniego de hacer espectáculo de cualquier otro modo de privacidad humana, así creo que los deseos íntimos y personales que guarde, o esconda cada uno en el interior de su armario son asuntos exclusivamente suyos, carentes de cualquier interés cinematográfico, social o político. Es evidente que todos los humanos somos, por definición antropológica, seres sexuales. Que cada uno portamos nuestra propia sexualidad, configurada y orientada de modo muy particular, singular y único, al paso por cada una de las fases del propio y singular desarrollo y de las peripecias de nuestra historia personal. Y que todo esto pertenece al mundo privado, al armario particular de cada persona. Tampoco puedo ignorar que lo que se pretende, o lo que se pretendió inicialmente fue naturalizar, o darle “carta de naturaleza” a un deseo, y a su posible ejecución, que hasta casi ayer estaba social y catequéticamente demonizado. Pero pienso que para esta justa demanda no son necesarios ni tics ni tópicos homosexuales, ni emblemas, ni plumas, ni esperpénticas manifestaciones de orgullo, ni espectaculares epifanías desde el fondo de los armarios. Que quizás basta con mostrarse, al desnudo, como personas, con su orgullo de serlo (persona), con todos sus derechos –incluso el de su inviolable intimidad-, y con toda la dignidad que su reconocimiento como persona comporta. Y pienso también que el matrimonio “tradicional” es un sistema originalmente pensado, diseñado, organizado y dispuesto para la unión de la pareja heterosexual, y como soporte de la familia. Constituye de hecho, con todas sus limitaciones y fehacientes fracasos, un espacio de participación a todos los niveles del comportamiento humano, que garantiza la procreación y la educación, la protección, el cuidado y la formación continuada de los hijos. Era hasta el momento el único admitido legal y moralmente, para la unión estable y permanente de dos personas, y para su participación en los niveles de intimidad sexual. El reconocimiento de los derechos a establecer y legalizar una posible unión homosexual aporta, en principio, un enriquecimiento de los modos legales de posible convivencia, que hace a nuestra sociedad más plural, más libre, más original, más creativa...Nuestra sociedad, y nuestra civilización, podrá contar con nuevos modos de convivencia, socialmente aceptados y reconocidos en sus derechos, para la expresión libre y creativa de los deseos, los intereses y los proyectos singulares de las personas....Pero ejecutarlo ceremonialmente y oficialmente como “matrimonio”, como copia clonificada del matrimonio “tradicional y convencional”, con los mismos rituales, los mismos parentescos (suegras, yernos y nueras, cuñados...), con los trajes blancos, los ramos de flores, los anillos, los “vivan los novios”, los “que se besen”, el arroz...como ya hemos visto en “ensayos”, puede resultar un remedo esperpéntico y reaccionario, un aburguesamiento fehaciente y un paso atrás en la esperanza de pluralidad, de originalidad y de progreso que nos prometía el reconocimiento oficializado del derecho de la persona individual a elegir y crear nuevos modos y nuevos espacios, originales y creativos, de relación y de convivencia humana... |

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