LA VERDAD DEL ARTE
LA VERDAD DEL ARTE Os confieso que me siento mentalmente estimulado por esta Córdoba de Mayo y por un libro que acabo de leer, muy interesante, ameno también, de conversaciones con D.H. Kahnweiler. Fue éste un corredor de arte, alemán, instalado en París a principios del siglo pasado, en contacto y amistad con las vanguardias más significadas del momento. Al hilo de su lectura he ido hilvanando mis propios pensamientos y recomponiendo, como en los rectángulos yuxtapuestos de un cuadro cubista, aspectos de mi personal visión y experiencia del colosal fenómeno de la creación artística. Y lo explico así: Arte es “Alezeia”, palabra con la que los griegos significan la Verdad, descubrir lo oculto. Todo proceso artístico-creativo empieza organizando una percepción precisa, configuradora y estética...Pero no es todavía su Verdad. Todavía no ha brotado el Arte. En la medida, inconmensurable como el amor, en que el artista canaliza a través de esa percepción los contenidos conscientes-inconscientes de su psique, y amalgama lo que percibe con lo que siente y con lo que experimenta en las honduras de su afectividad, es como realiza el verdadero Arte: encuentro en plenitud con la realidad y con la Verdad, dentro de su más intima realidad y verdad. “Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente” es como define Juan Ramón la fenomenología del “hacer creativo”. El quehacer del artista es más una “poiesis” (el hacer creativo) que una “praxis” (realización práctica). Y estoy convencido de que la más completa expresión del cerebro evolucionado es, sin duda, la “poiesis”, el Arte. Que es también, de algún modo, una religión: que su esencia palpitante consiste en transcenderse, religarse con lo invisible, acceder a la Verdad... Todo acto creativo es Revelación, porque hace visible lo invisible, como los Sacramentos eclesiales. Y esa es la condición inequívoca y la garantía de autenticidad del Arte, que sea “alezeia ”, Verdad, descubrimiento de lo oculto, revelación, y no mera reproducción, o producción vacía de magia y de misterio. El artista va mirando, al paso, los detalles del mundo, del universo que nos rodea y los rescata de la transitorialidad y de su vulgaridad, y les descubre su intrínseca belleza y su profundo significado. Es una lúcida fenomenología de la experiencia humana, expresada con un vocabulario convencional, que nos redescubre los aspectos más habituales y transitorios de la vida de cada día, los detiene, los reelabora, los reinterpreta y los redime de caducidad y temporabilidad. Su mirada, como el tacto del Rey Midas, ilumina cualquier detalle de la existencia y los convierte en emoción, belleza y sorpresa. Su mirada, desde su singular inteligencia, ve la cosa misma, exacta, iluminada por su alma. “Que por mí vayan todos /los que no las conocen/ a las cosas./ Que por mí vayan todos, / los que ya las olvidan/ a las cosas.../ La pintura es una escritura hecha de signos, y que hay que aprender a leerla como a la poesía. Hasta el Impresionismo un lienzo era como una ventana abierta al mundo exterior desde la singular perspectiva del pintor. Él siempre está allí presente y permanentemente vivo. Pintará Velásquez a un borracho o a una Infanta real, dos temas totalmente distintos, pero de ambos se dirá “es un Velásquez”. Como será “un Cezanne” el conjunto de manzanas sobre un mantel o el escorzo pensativo de un muchacho con chaleco rojo. Desde el impresionismo, pasando por los Nabis, el cubismo, el expresionismo... un lienzo será además una superficie sobre la que el pintor, siempre presente, proyecta no sólo su lúcida y personalísima visión de la realidad exterior, sino sus más íntimas sensaciones, sus emociones y sus pasiones.... |

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