Saturday, May 28, 2005

COMPLEJO DE INFERIORIDAD Y SOLIDARIDAD

COMPLEJO DE INFERIORIDAD Y SOLIDARIDAD

Os confieso que cada día constato en mi consulta cómo el Complejo de Inferioridad, el más popular y reconocido de todos los fenómenos psicopatológicos (del que nos habló A. Adler, hace casi un siglo) está en la base, como un tumor amenazante, de mucha intoxicación mental, mucho desequilibrio psíquico, mucha desestabilización interpersonal, mucho sufrimiento humano y de muchas enfermedades orgánicas y patologías psíquicas. Antes se le mencionaba más en las conversaciones ordinarias; hoy está más de moda hablar de la autoestima. Pero estos dos conceptos de algún modo se superponen, ya que el nivel de la autoestima es uno de los índices para valorar el complejo de inferioridad que puede albergar algún corazón humano.
Lo que resulta innegable es que la primera experiencia del ser humano en la existencia, la que va a determinar en algún grado todos sus dinamismos de autodesenvolvimiento, es una experiencia de inferioridad total: desvalimiento, impotencia, debilidad, inmadurez, insuficiencia, insignificancia, dependencia, menesterosidad... Así es como estrenamos nuestra experiencia de vivir. Las personas que entonces nos rodearon, representaban para nosotros el valimiento frente a nuestro desvalimiento, el poder frente a nuestra impotencia, la fuerza frente a nuestra debilidad y la importancia frente a nuestra insignificancia. Es una experiencia demasiado primordial y demasiado patente para que no deje después, de algún modo, una huella perdurable en todos los humanos. Sin embargo, la mayoría de las personas, a partir de esta primera experiencia, alertadas por la fuerza biológica del Instinto de Conservación, van a movilizar todas sus energías en la dirección fundamental de hacerse valer, superar la inmadurez, autoafirmarse en la existencia, realizar todas sus potencialidades, autorrealizarse.
A la organización dinámica de todas estas energías psicobiológicas, orientadas a la superación de la propia experiencia de impotencia, la denomina Adler, adaptando a su concepto el término de Nietzche, VOLUNTAD DE PODER. Esta es la historia de la evolución humana, personificada en el legendario Aquiles, quien desde la consciencia de su débil talón se estimula a luchar, a compensar sus deficiencias en un esfuerzo constante de superación constructiva y autorrealizadora.
Pero para lograrlo tiene que integrar en la imagen de sí mismo lo que Adler denominó Sentimiento de Comunidad, que surge de la experiencia, también primordial y básica, de que nadie podrá lograr su valimiento, la superación de sus propias insuficiencias a lo Robinson Crusoe, de un modo insolidario y aislado, sino que necesita de los demás para vivir, sobrevivir, progresar y ser feliz en la existencia. Y para esto es imprescindible vincularse, compartir, cooperar, comunicar, amar....
La persona es esencialmente social, “Los hombres no son islas” como el título de la novela de Thomas Merton. Necesita perentoriamente adaptarse, adecuarse y estructurarse como miembro dentro de una colectividad.
La experiencia y consciencia de “pertenencia” y de solidaridad responde a una necesidad fundamental del psiquismo y de todo el organismo biológico. Todos los problemas que la vida nos presenta cada día ponen a prueba el grado y la eficacia de nuestro Sentimiento de Comunidad. Porque el auténtico Sentimiento de Comunidad resulta ser el gran resorte de la socialización y de la vida moral, el gran moderador y regulador de la Voluntad de Poder y el gran estímulo y soporte compensador de nuestras ineludibles experiencias de fehaciente inferioridad.

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