EXÁMENES FINALES
Os confieso que, desde mi larga experiencia de profesor, me he expresado, reiteradamente, con la convicción de que “la calidad del profesor no se mide por su nivel de exigencia, sino por su capacidad de motivar a los alumnos”. Y es porque estoy convencido también de que en la subjetividad de cada alumno y de cada persona existe la necesidad natural, espontánea y congénita de saberse y de sentirse útil. Es la necesidad acuciante de hacer algo, de ayudar, de construir, de crear, de canalizar sus energías hacia realizaciones válidas para si mismo y para los demás. “Ser persona humana es actuar con el convencimiento de que en cada piedra que ponemos estamos colaborando a la construcción del mundo”. Es esa posibilidad creativa y transformadora de energías psíquicas el equipamiento esencial que cada individuo aporta a la existencia. Y nuestra existencia individual se justifica por esa posibilidad: siendo útiles de alguna manera, haciendo algo por lo que merezca la pena haber vivido. Esta necesidad psicológica se manifiesta muy tempranamente en el desarrollo evolutivo de los niños. A los padres y a toda la organización social y estatal les corresponde propiciarles el espacio de expresión de su necesidad de utilidad y eficacia progresiva en sus acciones. Nuestra civilización tiene organizado un sistema oficial de respuesta a esta específica necesidad del psiquismo: Este sistema es el que constituye la Escuela y sus programas nivelados de enseñanza. Pero yo me pregunto, observando tal como están organizados en la actualidad la Escuela (colegios, universidades, centros de estudios...) y sus programas, si verdaderamente está sirviendo para canalizar el impulso productivo de la persona, en sus distintos niveles evolutivos, en orden a satisfacer esa necesidad inapelable de realizarse en la vida como ser útil, o si, por el contrario, está creando tales dificultades y sometiendo al alumno a tal cúmulo de tensiones, frustraciones y fracasos, que más que estimular ese germen productivo, ese impulso natural de productividad, que garantiza la propia utilidad y confirma a la persona como ser útil en la existencia, ponen en evidencia, para muchos, muchísimos alumnos, demasiados, la falsa consciencia y la falsa constatación de su propia inutilidad. Y lo fundamento en que, prácticamente, se han constituido los exámenes, como la única razón o motivo para aplicarse en el estudio, tanto es así que cualquier alumno a quien le preguntemos nos dirá, el día del examen, que prefiere aprobar antes que saber...Y no temo afirmar taxativamente que los exámenes, tal como hoy están organizados y concebidos, no promueven un aprendizaje real, ni motivan al alumno. Tal como están concebidos y aplicados en la actualidad, los exámenes lo que consiguen es someter, coaccionar, tensionar, imponer y abocar con demasiada frecuencia a la experiencia del fracaso... He dicho que “no promueven el aprendizaje”, reiterando mi convicción de que el aprendizaje no es algo que se obliga, ni siquiera algo que se enseña, sino algo que se promueve motivacionalmente, igual que la planta no crece porque se tire de ella, sino que se la riega, se la abona, se la cuida, se la pone al sol para que desarrolle naturalmente su propia capacidad de crecimiento. Y es porque, como vengo diciendo, hay en el organismo humano un impulso natural al propio crecimiento y a la propia superación que, bien conducido y estimulado, absorbe la educación y la cultura, los conocimientos necesarios o convenientes, como un proceso natural. |

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