Sunday, June 12, 2005

INMOVILISMO MENTAL

INMOVILISMO MENTAL


Os confieso que cuando alguien me dice “Es que yo tengo este modo de pensar”, siempre arguyo con el criterio de quienes saben y opinan que el modo de pensar no “se tiene”, no está nunca hecho, sino que se va haciendo, construyendo, completando, reformando, adaptativamente, según el punto de mira desde el que, en cada etapa o momento de la vida, contempla uno la realidad, o las circunstancias incitan y estimulan a contemplarla. Realidad que es también, como fluir de los ríos, permanentemente cambiante. Leí unas reflexiones de mi admirado poeta luso Fernando Pessoa, sobre la desconfianza que en él generaban esas personas que se jactan de ser inconmovibles en sus principios y en sus ideas, por la misma razón de que los principios y las ideas son, al par que las personas, evolutivos y mutantes, y requieren, para no quedar secuestrados en un inmovilismo retrógrado, ir progresando, matizándose y adaptándose permanentemente a las nuevas circunstancias también dinamizadas y cambiantes. Ya lo sabían los viejos romanos, cuando sintetizaron la fórmula “Sapientium est mutare consilia”, reconociendo la sabiduría de flexibilizar las opiniones.
Es sabido que los átomos de nuestro cuerpo se renuevan cada año casi en su totalidad. Materialmente, o celularmente, cada año no soy el mismo: soy un ser en permanente recomposición. Igual sucede con nuestra psique y nuestro carácter, porque cada experiencia vivida, cada situación superada o fracasada, cada emoción suscitada, cada pensamiento recolectado, cada aprendizaje interiorizado se van integrando y sintetizando permanentemente en la construcción evolutiva de lo que cada uno vamos siendo y haciendo permanentemente de uno mismo. Nuestra identidad (que es como decir nuestro ”Yo”) consiste básicamente en la información almacenada en nuestro genoma original, que es lo que nos permite conservar consciencia de unidad e identidad a través de todos los inevitables cambios evolutivos con el que continuamente vamos recomponiendo nuestro organismo, nuestro pensamiento, nuestras convicciones y ese mismo carácter que nos singulariza entre los innumerables cambios.
Recuerdo que el maestro Adler, cuando explica que la vida individual marcha siempre hacia un objetivo de adaptación, autovalimiento y realización personal, al referirse a los recuerdos, afirma que se nos olvida lo que no sirve para esta función, selectivamente orientada a la finalidad del dinamismo del ser humano en desarrollo permanente. Fuera del campo de la conciencia, los acontecimientos que un día fueron “recuerdos” pueden quedar olvidados, aunque permanecen diluidos en actitud, sensibilidad o punto de vista, y orientados hacia el mismo objetivo existencial de salvaguardar el equilibrio psíquico. Igual sucede con nuestro carácter, porque cada experiencia vivida, cada situación superada o fracasada, cada emoción suscitada, cada pensamiento recolectado, se van integrando y sintetizando en la construcción evolutiva de lo cada uno vamos siendo, pensando y haciendo incesantemente de uno mismo. Y hay un referente psicológico que asegura que la intensidad de la fuerza emocional con la que nos aferramos a nuestras propias ideas y criterios está en razón inversa a la convicción y seguridad con que en el fondo los sustentamos, que el acaloramiento, fanatismo y la inflexibilidad en la defensa de las propias ideas es un signo de la inseguridad y de la debilidad de la argumentación racional en la que las fundamentamos.

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