Sunday, June 26, 2005

EL MENSAJE DE LOS SUEÑOS



Os confieso mi convicción de que los sueños, todos esos sueños que nos sorprenden y, a veces nos aterran, durante las noches, son mensajes secretos, emanados desde nuestra más profunda identidad. Alguien dijo que un sueño que no se interpreta es como una carta que se tira a la papelera sin ser leída.
Creo que fue Shopenhauer quien afirmó que un sueño es una breve locura y que la locura es un largo sueño. Freud escribió al final de su vida que en el sueño nos comportamos como enfermos mentales porque “el sueño es una psicosis”, como un desbarajuste descabellado de las ideas, los sentimientos y las imágenes que encajan el puzzle de nuestra mente.
Carlos Gustavo Jung, sin embargo, escribió que el sueño es simplemente una puesta en escena, sin reservas y sin controles, de “ese conjunto de ideas y sentimientos que se agitan en lo profundo de nuestra alma”.
Quizás vengan a decir lo mismo, porque si en un momento dado dejáramos traslucir y nos dejáramos arrastrar, sin reservas y sin controles, por ese racimo de ideas y de sentimientos que se agitan inconscientemente en nuestro interior, sin duda pensarían de nosotros que estábamos locos.
Pero Freud no dudó nunca de que el acto de soñar es de por sí una regresión a las más tempranas circunstancias del soñador, una resurrección de su infancia (en la que se produjeron las primeras experiencias vitales), con todos sus impulsos instintivos y las formas expresivas de los soterrados deseos anhelantes. Un deseo se representa en el sueño, a las claras o enmascarado, cuando algún estímulo en la vida actual y diurna de esa persona consigue reactivar el deseo análogo, sepultado en el inconsciente, que sirve de refuerzo al deseo actual y consciente.
El estímulo que los ha regurgitado se llama técnicamente residuo diurno: alguna imagen de la vida real que ha conectado con ese deseo latente, desenterrándolo y resucitándolo (casi siempre disfrazado o enmascarado) en deseos re-actualizados. Y es que las experiencias básicas de la existencia humana, y los sentimientos concomitantes a ellas, de alguna manera ya se han vivido y experimentado en un “antes” que se pierde en el “túnel del tiempo” de los recuerdos, y quedan condensados en esos sueños universales de la humanidad que son los “cuentos de hadas”: Pulgarcito, La Cenicienta, Caperucita...
Las experiencias, y los sentimientos concomitantes a ella, de ser querido o rechazado, de triunfar o fracasar, de ser elegido o postergado, de estar satisfecho o frustrado, de ser alentado o atemorizado, etc., la hemos experimentados todos en etapas anteriores de nuestro caminar por la vida y emergen reverdecidas, entre las peripecias actuales de cada día, con las nuevas experiencias que suscitan sentimientos semejantes.
A veces se padecen sueños horribles, suscitado desde datos ocasionales de la vida real (residuos diurnos), que en la realidad eran, quizás, hechos simples e insignificantes, pero que despertaron fantasmas dormidos de la mente, adquiriendo inconscientemente dimensiones fantasmagóricas. Y son esas imágenes, con frecuencia enmascaradas, las que pueblan nuestros sueños, a través de los cuales intenta abrirse paso la pujante energía latente de nuestros subterráneos anhelos o terrores...







Saturday, June 18, 2005

COMPLEJO DE ABANDONADO


Os confieso haber escuchado a muchas personas expresarse con palabras en las que emerge, disimulada o indisimuladamente, el torrente de una angustiosa inseguridad existencial. Y escuchándolas descubro que, en el fondo de estas personas opera, un ansioso temor a ser abandonadas, a no ser amadas, quizás por una experiencia de amor no reconocido cuando ofrecía el primer brote, sin artificios, de su ternura inicial. Ahora ese temor, almacenado y cundido durante muchos años, se desliza a las claras muchas veces o, a veces, subrepticiamente entre sonrisas desdramatizadoras y miradas lastimosas de perro callejero.
El foco subterráneo, sangrante, que desajusta el equilibrio psíquico de estas personas y que irradia en sus comportamientos frente a los demás, es lo que se denomina Complejo de abandono.
Se trata de un cuadro clínico en el que predomina sobretodo una angustia, siempre latente y episódicamente emergente, de poder ser abandonado, junto a una persistente y obsesionante necesidad de seguridad. Y opera, como todos los complejos, a modo de una herida infestada en el alma, un nódulo anímico hipersensibilizado, siempre expuesto a “ser rozado dolorosamente” por cualquier estímulo inesperado o imprevisible.. Sus contenidos vivenciales permanentes son, sobretodo, la certeza de estar rechazado: “se me da de lado”; la sospecha de ser poco querido, estimado, valorado o reconocido: no ser interesante por sí mismo, “soy un Don Nadie”; y el dramatismo con que experimenta vivencialmente, y a veces expresa, cualquier exclusión, distanciamiento, o rechazo, con “ataques de celos” que estas personas sufren de un modo masoquista y lastimoso.
Las personas que sufren este complejo ponen en duda la sinceridad de las atenciones, la realidad del cariño que les ofrecen . Su avidez infinita de amor, junto con su inseguridad original, requieren pruebas absolutas de incondicionalidad. Basta una simple percepción de rechazo, distanciamiento u olvido para que se le despierte la fantasía del abandono, una fantasía universal, tanta veces representada en los cuentos infantiles de Pulgarcito, Hansel y Gretel, Blancanieves, La Cenicienta...
La incesante e intensa búsqueda de amor o de su comprobación fehaciente, por parte de la persona que sufre este complejo, viene a significar la búsqueda de la seguridad perdida, cuyo prototipo es siempre la fusión primitiva total del niño con su madre. Parece que su incuestionable necesidad de amor está como detenida y fijada en ese estadio primero, donde toda la fuerza instintual ha quedado dinamizada por una sola urgencia, que es la de asegurarse el amor, y por su intermedio, mantener la seguridad existencial.. Cualquier circunstancia exterior que suponga una amenaza a esa precaria seguridad, reactiva la angustia inicial encapsulada en el complejo, que se desbordará con toda su fuerza invasora.
Me acuerdo de los versos de Neruda, que expresan poéticamente, y patéticamente, este drama existencial de la experiencia de abandono: “En la infancia de niebla mi alma alada y herida / te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo /(...) te tumbó la tristeza, ¡todo en ti fue naufragio!(...) / Abandonado como el muelle en el alba. / Es la hora de partir, ¡oh, abandonado!”.

Sunday, June 12, 2005

INMOVILISMO MENTAL

INMOVILISMO MENTAL


Os confieso que cuando alguien me dice “Es que yo tengo este modo de pensar”, siempre arguyo con el criterio de quienes saben y opinan que el modo de pensar no “se tiene”, no está nunca hecho, sino que se va haciendo, construyendo, completando, reformando, adaptativamente, según el punto de mira desde el que, en cada etapa o momento de la vida, contempla uno la realidad, o las circunstancias incitan y estimulan a contemplarla. Realidad que es también, como fluir de los ríos, permanentemente cambiante. Leí unas reflexiones de mi admirado poeta luso Fernando Pessoa, sobre la desconfianza que en él generaban esas personas que se jactan de ser inconmovibles en sus principios y en sus ideas, por la misma razón de que los principios y las ideas son, al par que las personas, evolutivos y mutantes, y requieren, para no quedar secuestrados en un inmovilismo retrógrado, ir progresando, matizándose y adaptándose permanentemente a las nuevas circunstancias también dinamizadas y cambiantes. Ya lo sabían los viejos romanos, cuando sintetizaron la fórmula “Sapientium est mutare consilia”, reconociendo la sabiduría de flexibilizar las opiniones.
Es sabido que los átomos de nuestro cuerpo se renuevan cada año casi en su totalidad. Materialmente, o celularmente, cada año no soy el mismo: soy un ser en permanente recomposición. Igual sucede con nuestra psique y nuestro carácter, porque cada experiencia vivida, cada situación superada o fracasada, cada emoción suscitada, cada pensamiento recolectado, cada aprendizaje interiorizado se van integrando y sintetizando permanentemente en la construcción evolutiva de lo que cada uno vamos siendo y haciendo permanentemente de uno mismo. Nuestra identidad (que es como decir nuestro ”Yo”) consiste básicamente en la información almacenada en nuestro genoma original, que es lo que nos permite conservar consciencia de unidad e identidad a través de todos los inevitables cambios evolutivos con el que continuamente vamos recomponiendo nuestro organismo, nuestro pensamiento, nuestras convicciones y ese mismo carácter que nos singulariza entre los innumerables cambios.
Recuerdo que el maestro Adler, cuando explica que la vida individual marcha siempre hacia un objetivo de adaptación, autovalimiento y realización personal, al referirse a los recuerdos, afirma que se nos olvida lo que no sirve para esta función, selectivamente orientada a la finalidad del dinamismo del ser humano en desarrollo permanente. Fuera del campo de la conciencia, los acontecimientos que un día fueron “recuerdos” pueden quedar olvidados, aunque permanecen diluidos en actitud, sensibilidad o punto de vista, y orientados hacia el mismo objetivo existencial de salvaguardar el equilibrio psíquico. Igual sucede con nuestro carácter, porque cada experiencia vivida, cada situación superada o fracasada, cada emoción suscitada, cada pensamiento recolectado, se van integrando y sintetizando en la construcción evolutiva de lo cada uno vamos siendo, pensando y haciendo incesantemente de uno mismo. Y hay un referente psicológico que asegura que la intensidad de la fuerza emocional con la que nos aferramos a nuestras propias ideas y criterios está en razón inversa a la convicción y seguridad con que en el fondo los sustentamos, que el acaloramiento, fanatismo y la inflexibilidad en la defensa de las propias ideas es un signo de la inseguridad y de la debilidad de la argumentación racional en la que las fundamentamos.

Saturday, June 04, 2005

EXÁMENES FINALES





Os confieso que, desde mi larga experiencia de profesor, me he expresado, reiteradamente, con la convicción de que “la calidad del profesor no se mide por su nivel de exigencia, sino por su capacidad de motivar a los alumnos”. Y es porque estoy convencido también de que en la subjetividad de cada alumno y de cada persona existe la necesidad natural, espontánea y congénita de saberse y de sentirse útil. Es la necesidad acuciante de hacer algo, de ayudar, de construir, de crear, de canalizar sus energías hacia realizaciones válidas para si mismo y para los demás. “Ser persona humana es actuar con el convencimiento de que en cada piedra que ponemos estamos colaborando a la construcción del mundo”. Es esa posibilidad creativa y transformadora de energías psíquicas el equipamiento esencial que cada individuo aporta a la existencia. Y nuestra existencia individual se justifica por esa posibilidad: siendo útiles de alguna manera, haciendo algo por lo que merezca la pena haber vivido.
Esta necesidad psicológica se manifiesta muy tempranamente en el desarrollo evolutivo de los niños. A los padres y a toda la organización social y estatal les corresponde propiciarles el espacio de expresión de su necesidad de utilidad y eficacia progresiva en sus acciones. Nuestra civilización tiene organizado un sistema oficial de respuesta a esta específica necesidad del psiquismo: Este sistema es el que constituye la Escuela y sus programas nivelados de enseñanza.
Pero yo me pregunto, observando tal como están organizados en la actualidad la Escuela (colegios, universidades, centros de estudios...) y sus programas, si verdaderamente está sirviendo para canalizar el impulso productivo de la persona, en sus distintos niveles evolutivos, en orden a satisfacer esa necesidad inapelable de realizarse en la vida como ser útil, o si, por el contrario, está creando tales dificultades y sometiendo al alumno a tal cúmulo de tensiones, frustraciones y fracasos, que más que estimular ese germen productivo, ese impulso natural de productividad, que garantiza la propia utilidad y confirma a la persona como ser útil en la existencia, ponen en evidencia, para muchos, muchísimos alumnos, demasiados, la falsa consciencia y la falsa constatación de su propia inutilidad.
Y lo fundamento en que, prácticamente, se han constituido los exámenes, como la única razón o motivo para aplicarse en el estudio, tanto es así que cualquier alumno a quien le preguntemos nos dirá, el día del examen, que prefiere aprobar antes que saber...Y no temo afirmar taxativamente que los exámenes, tal como hoy están organizados y concebidos, no promueven un aprendizaje real, ni motivan al alumno. Tal como están concebidos y aplicados en la actualidad, los exámenes lo que consiguen es someter, coaccionar, tensionar, imponer y abocar con demasiada frecuencia a la experiencia del fracaso...
He dicho que “no promueven el aprendizaje”, reiterando mi convicción de que el aprendizaje no es algo que se obliga, ni siquiera algo que se enseña, sino algo que se promueve motivacionalmente, igual que la planta no crece porque se tire de ella, sino que se la riega, se la abona, se la cuida, se la pone al sol para que desarrolle naturalmente su propia capacidad de crecimiento. Y es porque, como vengo diciendo, hay en el organismo humano un impulso natural al propio crecimiento y a la propia superación que, bien conducido y estimulado, absorbe la educación y la cultura, los conocimientos necesarios o convenientes, como un proceso natural.