¿ SOY NORMAL?
¿ SOY NORMAL? Os confieso que esta reflexión me la inspira la problemática mental que obsesiona y atormenta a algunas personas: su constante preocupación por descubrir qué es ser normal y, sobre todo, si son normales, o si su solución consiste, como algunas personas repiten angustiosamente, en aceptar “que estoy loco”. Os propongo de entrada que renunciemos a ese referente verbal “loco” o “locura”, que no es una denominación científica ni técnica, sino una calificación social (más bien, descalificación) de las personas que no se adaptan a esa “normalidad” en la que se acomoda la mayoría. Os recuerdo la historia de aquella bruja que una noche vertió un veneno en el agua de la fuente de la ciudad, para que se volvieran locos los que bebieran de ella. A la mañana siguiente bebieron de esa agua envenenada todos los habitantes de la ciudad, menos el Rey que había salido de cacería a un reino vecino. Y cuando regresó el Rey, todos los habitantes de la ciudad se amotinaron gritando: “Matemos a nuestro Rey, que se ha vuelto loco”. O como la famosa obra de Ionesco, Los Rinocerontes: unos ciudadanos se convierten en rinocerontes y la mayoría restante, los “normales”, los persiguen, los apresan y los aniquilan. Pero cada vez va siendo mayor, más normal, el número de los convertidos en rinocerontes, que tienen que defenderse y perseguir a los que antes se consideraban “normales”. La normalidad, la que no se enfoca estadísticamente, sino la “humanística o antropológica” se podría concebir como la capacidad de una persona, desde su nivel madurado de libertad, para poder dirigir sus tendencias vitales en la autoconstrucción de sí misma -su autorealización-, según sus singulares proyectos existenciales y su singular jerarquía de valores. Y propongo la reflexión de que la conducta personal será psicológicamente irreprochable con tal de que cumpla tres condiciones indesligables de cualquier normativa ética y de cualquier concepto de madurez psicológica. La primera es la libertad, que la definiría como la capacidad de realizar los propios deseos por el camino de los propios valores. En toda orientación hacia los valores hay que saber renunciar o postponer la consecución de objetivos valorativos secundarios para lograr los valores más importantes. A esa elección valorativa es a lo que llamamos Libertad que, indispensablemente lleva consigo siempre algún renunciamiento. La capacidad de renunciamiento es indesligable del ejercicio de la libertad y es también una condición sine qua non de la madurez humana. La segunda condición que propongo es la honestidad, como actitud fundamental contraria al engaño o al autoengaño, que falsea la propia consciencia y la imposibilita para el encuentro leal consigo mismo y con los demás: sería lo que se llama falta de autenticidad personal en la vida. Y la tercera condición es la responsabilidad, es decir: la capacidad para responder a las justas expectativas de aquellas personas con quienes convivimos y con las que tenemos que crear, irrenunciablemente, un equilibrio recíproco para sobrevivir. Cualquier persona tiene razones suficientes para saberse y sentirse normal, a pesar de la inequívoca originalidad de cada uno, de su difícil adaptabilidad, y de las inevitables y penosas experiencia de exclusión y de incomprensión que de algún modo todos hemos alguna vez padecido. Termino con K. Gisbran: “No te aflijas de ser incomprendido, porque los que nos comprenden también, de alguna manera, nos aprisionan”. El libro de K. Gisbram se titula precisamente “El loco”. |
