Wednesday, April 27, 2005

¿ SOY NORMAL?

¿ SOY NORMAL?

Os confieso que esta reflexión me la inspira la problemática mental que obsesiona y atormenta a algunas personas: su constante preocupación por descubrir qué es ser normal y, sobre todo, si son normales, o si su solución consiste, como algunas personas repiten angustiosamente, en aceptar “que estoy loco”.
Os propongo de entrada que renunciemos a ese referente verbal “loco” o “locura”, que no es una denominación científica ni técnica, sino una calificación social (más bien, descalificación) de las personas que no se adaptan a esa “normalidad” en la que se acomoda la mayoría. Os recuerdo la historia de aquella bruja que una noche vertió un veneno en el agua de la fuente de la ciudad, para que se volvieran locos los que bebieran de ella. A la mañana siguiente bebieron de esa agua envenenada todos los habitantes de la ciudad, menos el Rey que había salido de cacería a un reino vecino. Y cuando regresó el Rey, todos los habitantes de la ciudad se amotinaron gritando: “Matemos a nuestro Rey, que se ha vuelto loco”. O como la famosa obra de Ionesco, Los Rinocerontes: unos ciudadanos se convierten en rinocerontes y la mayoría restante, los “normales”, los persiguen, los apresan y los aniquilan. Pero cada vez va siendo mayor, más normal, el número de los convertidos en rinocerontes, que tienen que defenderse y perseguir a los que antes se consideraban “normales”.
La normalidad, la que no se enfoca estadísticamente, sino la “humanística o antropológica” se podría concebir como la capacidad de una persona, desde su nivel madurado de libertad, para poder dirigir sus tendencias vitales en la autoconstrucción de sí misma -su autorealización-, según sus singulares proyectos existenciales y su singular jerarquía de valores.
Y propongo la reflexión de que la conducta personal será psicológicamente irreprochable con tal de que cumpla tres condiciones indesligables de cualquier normativa ética y de cualquier concepto de madurez psicológica. La primera es la libertad, que la definiría como la capacidad de realizar los propios deseos por el camino de los propios valores. En toda orientación hacia los valores hay que saber renunciar o postponer la consecución de objetivos valorativos secundarios para lograr los valores más importantes. A esa elección valorativa es a lo que llamamos Libertad que, indispensablemente lleva consigo siempre algún renunciamiento. La capacidad de renunciamiento es indesligable del ejercicio de la libertad y es también una condición sine qua non de la madurez humana.
La segunda condición que propongo es la honestidad, como actitud fundamental contraria al engaño o al autoengaño, que falsea la propia consciencia y la imposibilita para el encuentro leal consigo mismo y con los demás: sería lo que se llama falta de autenticidad personal en la vida.
Y la tercera condición es la responsabilidad, es decir: la capacidad para responder a las justas expectativas de aquellas personas con quienes convivimos y con las que tenemos que crear, irrenunciablemente, un equilibrio recíproco para sobrevivir.
Cualquier persona tiene razones suficientes para saberse y sentirse normal, a pesar de la inequívoca originalidad de cada uno, de su difícil adaptabilidad, y de las inevitables y penosas experiencia de exclusión y de incomprensión que de algún modo todos hemos alguna vez padecido. Termino con K. Gisbran: “No te aflijas de ser incomprendido, porque los que nos comprenden también, de alguna manera, nos aprisionan”. El libro de K. Gisbram se titula precisamente “El loco”.

Monday, April 25, 2005

SALIR DEL ARMARIO...Y CASARSE
Os confieso que me resulta ya obsoleto y trasnochado el famoso tema del “armario”, proclamado triunfalmente en la prensa y en las cadenas de TV, a propósito, por ejemplo, de un cineasta que “se confiesa” en plena campaña de promoción de su película. A mí de un cineasta me interesa el producto de su creatividad y las emociones, reflexiones, experiencias y deleites sensoriales que logre suscitar. Pero, así como reniego de hacer espectáculo de cualquier otro modo de privacidad humana, así creo que los deseos íntimos y personales que guarde, o esconda cada uno en el interior de su armario son asuntos exclusivamente suyos, carentes de cualquier interés cinematográfico, social o político.
Es evidente que todos los humanos somos, por definición antropológica, seres sexuales. Que cada uno portamos nuestra propia sexualidad, configurada y orientada de modo muy particular, singular y único, al paso por cada una de las fases del propio y singular desarrollo y de las peripecias de nuestra historia personal. Y que todo esto pertenece al mundo privado, al armario particular de cada persona.
Tampoco puedo ignorar que lo que se pretende, o lo que se pretendió inicialmente fue naturalizar, o darle “carta de naturaleza” a un deseo, y a su posible ejecución, que hasta casi ayer estaba social y catequéticamente demonizado. Pero pienso que para esta justa demanda no son necesarios ni tics ni tópicos homosexuales, ni emblemas, ni plumas, ni esperpénticas manifestaciones de orgullo, ni espectaculares epifanías desde el fondo de los armarios. Que quizás basta con mostrarse, al desnudo, como personas, con su orgullo de serlo (persona), con todos sus derechos –incluso el de su inviolable intimidad-, y con toda la dignidad que su reconocimiento como persona comporta.
Y pienso también que el matrimonio “tradicional” es un sistema originalmente pensado, diseñado, organizado y dispuesto para la unión de la pareja heterosexual, y como soporte de la familia. Constituye de hecho, con todas sus limitaciones y fehacientes fracasos, un espacio de participación a todos los niveles del comportamiento humano, que garantiza la procreación y la educación, la protección, el cuidado y la formación continuada de los hijos. Era hasta el momento el único admitido legal y moralmente, para la unión estable y permanente de dos personas, y para su participación en los niveles de intimidad sexual.
El reconocimiento de los derechos a establecer y legalizar una posible unión homosexual aporta, en principio, un enriquecimiento de los modos legales de posible convivencia, que hace a nuestra sociedad más plural, más libre, más original, más creativa...Nuestra sociedad, y nuestra civilización, podrá contar con nuevos modos de convivencia, socialmente aceptados y reconocidos en sus derechos, para la expresión libre y creativa de los deseos, los intereses y los proyectos singulares de las personas....Pero ejecutarlo ceremonialmente y oficialmente como “matrimonio”, como copia clonificada del matrimonio “tradicional y convencional”, con los mismos rituales, los mismos parentescos (suegras, yernos y nueras, cuñados...), con los trajes blancos, los ramos de flores, los anillos, los “vivan los novios”, los “que se besen”, el arroz...como ya hemos visto en “ensayos”, puede resultar un remedo esperpéntico y reaccionario, un aburguesamiento fehaciente y un paso atrás en la esperanza de pluralidad, de originalidad y de progreso que nos prometía el reconocimiento oficializado del derecho de la persona individual a elegir y crear nuevos modos y nuevos espacios, originales y creativos, de relación y de convivencia humana...

Saturday, April 23, 2005

¿IR AL PSICÓLOGO?



OS confieso haber observado muchas veces, en mi particular laboratorio psicológico, cómo el proceso de la vida es un largo camino, a veces angosto y difícil de recorrer, que va en la línea del crecimiento, de la maduración y del encuentro en plenitud con uno mismo, y que este proceso evolutivo hacia la propia perfección, es lo que constituye la esencia dinámica de la vida, así como el proceso de la vida vegetal cursa desde la semilla germinada al árbol frutal y florecido.
Y he observado también que esa realización progresiva y paulatina de todas las potencialidades que cada persona alberga dentro de su genoma originario, es lo que el ser psíquico experimenta como La Felicidad.
Pero es también verdad que, en este camino, a veces doloroso y a veces exultante, hacia la propia maduración y perfeccionamiento de nuestra persona singular, se producen regresiones, perplejidades ("¿adónde el camino irá...?" de Machado), desorientaciones, bloqueos....Y es esta experiencia vital la que se traduce también muchas veces en Infelicidad.
La terapia psicológica, que se llama Psicoterapia (frente a la somatoterapia o farmacoterapia que practican los médicos) consiste en ir descubriendo y reconociendo ese camino singular, el propio e intransferible de cada persona, reconducir la dirección tras cada uno de los inevitables desvaríos, alentar la marcha, propiciar en encuentro definitivo con uno mismo y el ajuste permanente del propio equilibrio existencial...
Se ejerce desde una técnica específica que requiere siempre, cualquiera que sea la Escuela o el sistema terapéutico que se aplique, acudir sistemáticamente a un lugar neutro, el gabinete del psicoterapeuta, para ver en la distancia las huellas del recorrido, para mirarse a sí mismo, para descubrirse y analizarse "objetivamente", igual que Le Pétit Prince observaba desde la minúscula estrella su propio planeta, empequeñecido también en la distancia.
De esta manera, esa estrella distante, fuera del tiempo y del espacio, que es el despacho neutral de terapeuta, se convierte también en laboratorio donde se viene a analizar las muestras que uno va recogiendo de las huellas de su paso por el cada día de su vida. Y el psicoterapeuta, compañero de camino, colabora a desarrollar o a recomponer estructuras cognitivas desde las que poder contemplarse renovadamente (a sí mismo y al mundo en el que a veces uno se pierde), a rastrear nuevos caminos, a resolver problemas, a estructurar situaciones o a promover cambios. Es el gabinete del psicoterapeuta un espacio material donde se reparan disfunciones y donde se configura un sistema de estímulos sistematizados que tienen como finalidad promover el dinamismo de ese proceso de autoclarificación, reconstrucción, superación y transformación que, siguiendo el hilo evolutivo de la vida, asegura el crecimiento hacia nuestra propia perfección humana. En definitiva, consiste en sintonizar con la pujanza de vida que bulle dentro de nosotros, para expansionarla al máximo de sus potencialidades, y afirmarnos gozosamente, ilusionadamente, esperanzadamente, en la existencia. Y eso es, "humanamente hablando", la Felicidad.




OS confieso haber observado muchas veces, en mi particular laboratorio psicológico, cómo el proceso de la vida es un largo camino, a veces angosto y difícil de recorrer, que va en la línea del crecimiento, de la maduración y del encuentro en plenitud con uno mismo, y que este proceso evolutivo hacia la propia perfección, es lo que constituye la esencia dinámica de la vida, así como el proceso de la vida vegetal cursa desde la semilla germinada al árbol frutal y florecido.
Y he observado también que esa realización progresiva y paulatina de todas las potencialidades que cada persona alberga dentro de su genoma originario, es lo que el ser psíquico experimenta como La Felicidad.
Pero es también verdad que, en este camino, a veces doloroso y a veces exultante, hacia la propia maduración y perfeccionamiento de nuestra persona singular, se producen regresiones, perplejidades ("¿adónde el camino irá...?" de Machado), desorientaciones, bloqueos....Y es esta experiencia vital la que se traduce también muchas veces en Infelicidad.
La terapia psicológica, que se llama Psicoterapia (frente a la somatoterapia o farmacoterapia que practican los médicos) consiste en ir descubriendo y reconociendo ese camino singular, el propio e intransferible de cada persona, reconducir la dirección tras cada uno de los inevitables desvaríos, alentar la marcha, propiciar en encuentro definitivo con uno mismo y el ajuste permanente del propio equilibrio existencial...
Se ejerce desde una técnica específica que requiere siempre, cualquiera que sea la Escuela o el sistema terapéutico que se aplique, acudir sistemáticamente a un lugar neutro, el gabinete del psicoterapeuta, para ver en la distancia las huellas del recorrido, para mirarse a sí mismo, para descubrirse y analizarse "objetivamente", igual que Le Pétit Prince observaba desde la minúscula estrella su propio planeta, empequeñecido también en la distancia.
De esta manera, esa estrella distante, fuera del tiempo y del espacio, que es el despacho neutral de terapeuta, se convierte también en laboratorio donde se viene a analizar las muestras que uno va recogiendo de las huellas de su paso por el cada día de su vida. Y el psicoterapeuta, compañero de camino, colabora a desarrollar o a recomponer estructuras cognitivas desde las que poder contemplarse renovadamente (a sí mismo y al mundo en el que a veces uno se pierde), a rastrear nuevos caminos, a resolver problemas, a estructurar situaciones o a promover cambios. Es el gabinete del psicoterapeuta un espacio material donde se reparan disfunciones y donde se configura un sistema de estímulos sistematizados que tienen como finalidad promover el dinamismo de ese proceso de autoclarificación, reconstrucción, superación y transformación que, siguiendo el hilo evolutivo de la vida, asegura el crecimiento hacia nuestra propia perfección humana. En definitiva, consiste en sintonizar con la pujanza de vida que bulle dentro de nosotros, para expansionarla al máximo de sus potencialidades, y afirmarnos gozosamente, ilusionadamente, esperanzadamente, en la existencia. Y eso es, "humanamente hablando", la Felicidad.

Saturday, April 16, 2005

“STRESS” Y POSTMODERNIDAD

“STRESS” Y POSTMODERNIDAD

Os confieso que, desde mi profesión de psicólogo clínico, me resulta preocupante la incidencia de la fatiga psicosomática en esta etapa histórica de nuestro devenir existencial que se llama Postmodernidad. Se caracteriza básicamente esta etapa postmoderna por la cantidad de información que hay que procesar, como consecuencia de la expansión de los medios (prensa, radio, televisión, internet, cine...) y de la arrasadora, además de utilísima, invasión de la telefonía móvil, la cantidad de respuestas que hay que improvisar, la acumulación de estímulos, de demandas; las prisas, los ruidos... La Postmodernidad es mezcla de fragmentación, relativismo, constructivismo improvisado, indigestión de sobrestímulos... El sistema nervioso está programado para filtrar aceleradamente cantidad incalculable de información. El cerebro las selecciona, las organiza y las aplica al lenguaje. Este las convierte en ideas (eidos es palabra griega de donde deriva idea; significa representación de la realidad), que estimulan emociones, las cuales las revierten en impulsos que activan el movimiento neurofisiológico etc., etc. A nivel intrapsíquico supone la movilización de miles de millones de neuronas a través de unas pequeñas conexiones, que se llaman “sinapsis”; a nivel cósmico, fuera y dentro de nosotros, bulle un hervidero de estímulos. Pero está claro que la información que recibimos, aunque abundante, es siempre, irremediablemente, limitada. Por lo que nuestro conocimiento de la realidad es, a pesar de tantas informaciones, fundamentalmente imperfecto, y nuestro esfuerzo por adecuarlo, completarlo, instrumentalizarlo...es, cada vez con más frecuencia, fatigante, extenuante, estresante...
A esto se añade la ausencia de gratificaciones naturales, que son las que provienen del contacto directo con la naturaleza: oxigenación natural no contaminada, descanso, comer alimentos sanos y con sosiego, hacer el amor sin miedos y sin prisas, descansar “debajo de un pino verde” como canta el anhelante fandanguillo de Huelva...
Ya Freud había puesto de manifiesto, en su libro El malestar de la cultura, la ausencia de gratificaciones, frente al cúmulo de exigencias y demandas que conlleva el progreso tecnológico de nuestra civilización..
Los científicos han venido experimentando con lo que se llamó Índice de tenacidad, para medir el tiempo y la insistencia e intensidad del esfuerzo mantenido antes de que se produzca el fenómeno negativo del stress. Pues este cúmulo de condicionantes, característicos de la postmodernidad, es lo que determina la fatiga, el stress, la ansiedad agotadora, la tensión acumulativa, el decaimiento moral, la angustia existencial, la extenuación psicosomática, la depresión, o la apatía como defensa...Síntomas y síndromes a los que, con las particularidades y singularidades que cada caso presenta, tantas veces he tenido que hacer frente, desde hace cuarenta años, en mi labor como psicoterapeuta. . "Los pájaros visitan al psiquiatra, las estrellas prefieren no salir", así nos lo anunció angustiadamente el llorado Antonio Flores, desde la familiar y agorérica ventana televisiva.
Y, para terminar, os propongo como actitud terapéutica, como un mantra inspirativo, los versos de Juan Ramón Jiménez ya citados por mí en esta columna de confidencias, que encierran la sabiduría sentenciosa de los proverbios orientales: “No corras, ve despacio, /que adonde tienes que llegar / es a ti sólo. ..”

Monday, April 11, 2005

EN NOMBRE DE DIOS


Os confieso que, para mí, la gran lección de estos días de luto y de fervores ha sido el testimonio incontestable de la vigencia del espíritu, más patente y luminoso en cuanto que, por contraste, se protagonizaba en un cuerpo oscurecido, viejo, enfermo, moribundo, cadáver... Y el de tantas personas que buscan, con esperanzada ansiedad, redescubrir la religión como motor de sus vidas, como inspiración y estímulo elevador de sus esfuerzos cotidianos, porque quizás ya no la soportan como un sistema de mandato-sumisión, reducida a un catálogo de normas coercitivas para culpabilizar, atormentar las conciencias y encoger los espíritus.
Es evidente que muchas personas rechazan hoy la religión como dictadura moral, igual que se rechaza la dictadura política, por más que la reconozcan como un componente esencial de nuestra historia y como la fuerza impulsiva de casi todas las grandes realizaciones culturales de nuestra civilización. La evolución del pensamiento religioso-cristiano no alcanza hoy a comprender, ni se permite reconocer a un “dios” que condene implacablemente a sus “hijos” a “penas eternas”, como se pensaba en etapas culturales ya amortizadas; a ese “dios” que, los persigue, los amenaza, los aterroriza, se venga de ellos “de generación en generación”, que los castiga con “plagas” y enfermedades, con desgracias familiares, muertes repentinas, como nos hacían creer y atemorizaban en otros tiempos, y con “un infierno eterno de fuegos inextinguibles”. Un dios identificado históricamente con el poder, con la fuerza, con las soberanías de los privilegiados; que corona a los príncipes, bendice las guerras, justifica las torturas “si son contra los impíos”; que hace inflexible a las madres frente a los “pecados carnales” de sus hijos, “preferirían verlos muertos”....
Nada de esto, en lo que se ha apacentado durante tanto tiempo la interpretación “religiosa” de la existencia, tiene que ver, a los ojos de hoy, con el auténtico testimonio de ese Jesús de Nazaret que nos subyugó desde niños, sino que son reminiscencias infiltradas de religiones paganas que, en algunos momentos de nuestra historia, cuando la religión era Poder, o aliada al Poder, empañaron el cristal transparente de su “Buena Nueva”. Ni ya resulta admisible para muchas personas que nadie, como representante iluminado de presuntas divinidades, maneje sus vidas, ni las limite en su expansión natural, ni las amenace con dogmas, anatemas o prodigiosas revelaciones, ni las desplace de su realización natural en cada presente con el soborno de futuros premios o de horrorosos castigos extraterrenales...
Una de las tareas imprescindibles para propiciar nuestro progreso mental y humano es la de reconstruir nuestra vida “desde dentro”, reorganizar nuestro universo mental y reseleccionar, de entre la amalgama de nuestros pensamientos, atávicos y actuales, los que puedan considerase puros, originales y auténticos, y desechar definitivamente los espurios, inducidos, programados y manipulados desde ajenos intereses. Y ojalá que el recuerdo del paso blanco por nuestra vida del Papa Juan Pablo, símbolo admirable de la fuerza renovadora de la vida y de la esperanza, nos aliente a rebuscar de entre los restos de algunos de estos edificios culturales, que ya no se sostienen con los fuertes vientos y los recios aguaceros de nuestra época, la vigencia del espíritu, el significado profundo y verdadero de “el nombre de DIOS”, que aporte a nuestra vida sentido y sensibilidad, profundidad y trascendencia, y despliegue ante nuestra ansiosa mirada un horizonte renovado de esclarecidas esperanzas...

Monday, April 04, 2005

LEVANTAR EL VUELO

Os confieso tener experimentado que los demoledores sufrimientos psíquicos (la angustia vital, la depresión aciaga) son como un “invento” de esto que llamamos “nuestra civilización” o nuestra “cultura” (caldo de cultivo en el que desenvolvemos nuestras vidas) utilizados en su propio beneficio por el Poder, sea el poder económico, o político, o social, o familiar... para el sometimiento, la opresión y la manipulación interesada de los seres humanos.
Sin embargo, los sufrimientos auténticos, los básicos y naturales son muy pocos y todos tienen su utilidad. La rabia, la frustración, el miedo, la ansiedad, el duelo, la pena (que es siempre por la pérdida del Paraíso arquetípico)...sirven para regular el organismo, adaptativamente, frente a las situaciones cambiantes y de posibilidades restringidas (siempre inferiores a la ilimitación de nuestro humano e insaciable deseo) en nuestra lucha por la supervivencia o en nuestra autorrealización en la existencia. De alguna manera nos van dando oportunamente la medida, positiva o negativa, de nuestros actos y de nuestros posicionamientos existenciales, y nos orientan adecuadamente en nuestro caminar.
Los sentimientos, o “sufrimientos” manipulados son, por ejemplo, la vergüenza de sí mismo, la culpabilidad, el terror, el odio fanático, la vana ilusión del triunfo sin esfuerzo, la angustia, la inseguridad existencial, el autoaniquilamiento depresivo...Y es urgente y necesario desarraigarlos como la hierba perniciosa del campo verde de nuestros pensamientos fecundos. Dijo un sabio, al final de su vida: Yo no he podido evitar, durante mi larga vida, que los pájaros negros crucen el cielo sobre mi cabeza. Pero he procurado siempre que no hagan su nido dentro de ella”.
Me he venido haciendo estas reflexiones, conmovido, como tantos con-ciudadanos del mundo entero, frente al doloroso proceso de extinción de la luz, del anochecer lento en la vida, permanentemente iluminada, iluminadora, de nuestro Papa Juan Pablo. Y, al mismo tiempo, me he venido sintiendo enardecido y reconfortado por el testimonio de la fuerza interior de un organismo gastado, alentado por el vigor del espíritu y por el poder irradiante del símbolo, entre las patentes ruinas de su blanco edificio corporal.
Y he recordado que, en mi primer viaje fuera de España, allá por el indeleble mayo del 68, visité en la Alsacia un pueblo que había sido derruido hasta sus cimientos en la segunda guerra mundial. Ya reconstruido, quedó, como monumento para el recuerdo y la esperanza, los restos de un muro antiguo sobre el que se había esculpido un nido, con su cigüeña levantando el vuelo. Me explicaron que sobre ese resto de muro, lo único que había quedado en pie después del bombardeo, una cigüeña, al amanecer del día siguiente, había construido su nido...
Es símbolo admirable de la fuerza renovadora de la vida y de la esperanza, que ahora me lo rememora el vigor espiritual del Papa, en el ocaso de su luminosa vida, y que ojalá nos aliente a levantar un vuelo gozoso, hacia el encuentro con nosotros mismos, y con nuestra propia realidad trascendente, y a que descubramos el significado profundo que le otorgue plenitud y sentido a nuestra desconcertante existencia.