CORRUPCIÓN
Os confieso mi convicción, al hilo de las noticias, de que la corruptibilidad no es una condición atribuible en exclusiva al partido político que, en alternancia democrática, toma el timón del gobierno. Por supuesto que, si se acusa a un partido de flagrantes vinculaciones con la corrupción, es imperativo y perentorio hacer las depuraciones necesarias y llevar hasta el límite la condena de esta vergonzante situación, la de los administradores que escamotean y usurpan los bienes de sus administrados.
Es obvio que, cuando lo que se pretende es un Estado potente, omnipresente, inmenso, todopoderoso, que dirija y asuma todas las responsabilidades de los ciudadanos ( los “súbditos”), y que abarque con sus descomunales tentáculos funcionariales todos los espacios de la vida pública, estemos entonces en un permanente riesgo de abuso, prepotencia y corrupción. Además, desde el punto de vista de la Psicología Humanística, esta sería una situación sociopolítica despersonalizadora, inmadurativa e ineficaz a la larga. Porque este Estado poderoso y providente vendría a ser como una continuación o remedo prolongado de aquel ejemplar de padre indiscutible de la infancia, el que “comía huevos”, mientras los demás lo contemplaban sumisos y hambrientos...
Pero es necesario hacer una reflexión más profunda, subiendo de las anécdotas ocasionales a la categoría: La corruptibilidad es la condición generalizable del corazón humano cuando no está positivamente motivado. Cuando no está alentado por valores que le impulse a levantar el vuelo, al carecer de objetivos altos hacia los que elevar la mirada, entonces se ceba con la carroña de los beneficios inmediatos y del enriquecimiento rápido, antes de que otros se le adelanten. Los partidos administradores, es verdad, tienen quizás más peligro (y más oportunidades) de contaminarse de “la fiebre del oro”, ese afán epidémico del enriquecimiento sin límites que nos subyuga y encandila a los ciudadanos en todos los ámbitos o estratos sociales, como uno de los mitos caracterizadores de nuestra civilización, a falta de otros valores y utopías...
La corrupción política es, sin duda, el síntoma de una enfermedad social, que enraíza en la falta de valores del espíritu, en la carencia de seguridades y convicciones personales y en la deficiencia de “sentido y sensibilidad” solidarias. Que esta es una verdadera enfermedad social, cuyos síntomas se hacen más patentes y visibles en nuestros representantes políticos, parece que todos podemos estar, más o menos, de acuerdo. Que estemos también dispuestos a cooperar en su solución, no sólo desde la denuncia, que es imprescindible, sino también desde un rearme a fondo de valores del espíritu y de utopías dinamizadoras, eso no lo percibo tan claramente.
Sería para ello necesario trabajar por una renovada sociedad civil, activa, creativa, ilusionada, autosuficiente y autodirectiva, responsabilizada de su propia marcha, de sus propias iniciativas y de sus propios objetivos. Y al mismo tiempo trabajar por un aparato estatal eficaz, tolerante y riguroso, que gobierne pero que no mande, como el piloto gobierna y conduce el avión, aunque los que deciden adónde quieren ir son los pasajero. Esta sería, aplicada a cada persona en particular, la línea formativa y terapéutica de la Psicología Humanística, donde las personalidades individuales crecen y maduran por sí mismas, fundamentadas en valores solidarios, ilusiones dinamizantes y utopías regeneradoras.
